domingo, 11 de julio de 2010

El drama de ser taxista

Por: Marcelo Morán

Según reciente informe divulgado por la ONU, Venezuela tiene la tasa de homicidios más alta de Suramérica. El documento refiere además que, en la última data recogida en 2008, nuestra República Bolivariana tuvo un promedio de 52 asesinatos por cada 100 mil habitantes, que le otorga la no muy envidiable distinción en materia de seguridad, siendo superada por Honduras con (60,9) y Jamaica (59,5). Y los secuestros, ni hablar. Hace rato dejamos atrás los números de la convulsiva Colombia, que en este sentido ha implementado medidas más acertada para frenar su avance junto a otras ramificaciones. Y sobre estos flagelos que parecen irredimibles hoy en la sociedad quiero contarles una experiencia personal ocurrida en Ciudad Ojeda hace dos años, y sirva de reflexión a taxistas o cualquier persona que sale a la calle diariamente a cumplir sus compromisos.

Jamás imaginé que escribiría este relato después de caer el viernes 15 de febrero en manos de unos facinerosos. Pensé que ese iba a ser mi último día en este plano terrenal, pero la misericordia de Dios es tan grande… que hoy, puedo dar testimonio de ello.

En la entrada de la avenida Bolívar, de Ciudad Ojeda, dos muchachos –adolescentes- hicieron la característica señal para detenerme:

Vamos a El Danto –dijo uno, tras acomodarse de una vez en el asiento de copiloto, el otro lo hizo en el asiento posterior, quien no perdió tiempo para colocar en mi cabeza el cañón de una escopeta recortada, que traía oculta en un morral negro, parecido a la de un escolar:

–¡Quieto! Estáis secuestrao –dijo.

Al principio quise reír. No podía creer que ese fuera el propósito, porque hasta donde yo tenía idea, los secuestros estaban reservados sólo para gente acaudalada. ¿Qué podía ofrecer un taxista como yo, que hasta las 12:40 minutos de esa tarde, apenas contaba con 25 bolívares F, producto de cuatro acaloradas vueltas a la avenida Bolívar? Por Dios, me dije.

De allí fui conminado hacia otro sector de El Danto en busca de un tercer elemento, quien resultó ser el líder y más agresivo, al punto de amenazar con volarme los sesos, incluso si llegara a respirar profundo.

Luego me obligaron a tomar la vía a Bachaquero, a un tramo de la carretera “X”, donde tenía operaciones un pozo petrolero, y el que sería además el mejor sitio para ejecutarme.

En esas fracciones de segundo pensé sólo en Dios, a quien encomendé mi espíritu.

Con las manos atadas me hicieron arrodillar, y seguidamente me taparon los ojos. Sentí el frío de la muerte en mi nuca cuando el verdugo colocaba una pistola 9 milímetros para ajusticiarme. Sorpresivamente los maleantes cambiaron de parecer, después que un extraño motorizado emergiera del monte en sentido este-oeste y pasara a escasos cincuenta metros de donde nos encontrábamos. Ellos sintieron miedo ante la inesperada presencia, y para disimularla, el líder a pesar de esgrimir una 9 milímetros, comentó por no dejar:

–Ese tipo lo voy a bajar de la moto para que no sea tan metido.

Sentí una alegría porque ya no iba a esta solo, pero mi captor no se atrevió a cumplir su palabra. El hombre misterioso que había cruzado frente a nosotros; trasmitía algo raro que hizo enmudecernos a todos: tenía como treinta años, de piel morena clara. Usaba una gorra gris que tapaba parcialmente sus ojos; así mismo llevaba, una franela y pantalón del mismo color. La moto era pequeña –también era gris– y no generaba ningún ruido cuando se desplazaba. Su piloto iba rígido, como si hubiera aparecido sólo para que lo viéramos, porque no tuvo por su gesto ningún interés en mirarnos. De ese modo salió a la carretera principal. Enseguida los maleantes, presa del terror, cortaron mis ataduras y me colocaron en el asiento posterior de mi carro. Al tomar la carretera de nuevo, vi la explanada abierta a todas las direcciones, permitiendo distinguir a un kilómetro de distancia cualquier cosa o persona que pudiera transitar a esa hora: las 2.00 de la tarde, bajo la claridad de un sol ardiente como todos los soleados días que identifican a febrero. Pero no había señales del hombre por ninguna parte. No pudo perderse tan rápido en ese espacio solitario, desprovisto de casas, donde se avistaba sólo pequeños matorrales y tenían movimientos algunos balancines petroleros.

Los bandidos por su parte, cambiaron de actitud conmigo: no volvieron a apuntarme con el arma, ni hicieron algún comentario sobre la misteriosa aparición del motorizado. Salimos de ése desolado sitio para regresar otra vez a Ciudad Ojeda, adonde continuaban llevándome como escudo y para proseguir el ruleteo que terminó con un atraco a una panadería en la urbanización Nueva Venezuela, también de la misma capital.

A partir de allí se activó la persecución policial que terminó después de las 5:00 de la tarde con la captura de dos delincuentes y por supuesto mi liberación en un barrio llamado: San Benito, adyacente a El Danto en medio de una balacera. Un tercero; el líder, logró escapar. Los detenidos, era menores de edad, y quedaron bajo las órdenes de la fiscalía 38 de Cabimas, y asignándoles como sitio de reclusión el retén de menores de Sabaneta, Maracaibo.

Ese largo y complicado día terminó al fin para mí cerca de las 11:00 de la noche, cuando concluí mi declaración en el comando del Instituto de Policía Municipal de Lagunillas (IMPOL), adonde fui trasladado de manera gentil por los funcionarios después de consumarse el rescate.

A casa regresé con el respaldo de mi compañero de Gente del Petróleo y también taxista: José Rodulfo, que curiosamente como yo había sobrevivido seis meses atrás a una incursión del hampa, quedándole sobre su cuello una cicatriz de cien puntos de sutura.

Allí aguardaba mi mujer junto a mis cuatro hijos, quienes me recibieron como un verdadero héroe luego de conocer los difíciles momentos que tuve que pasar. Pero en realidad los únicos héroes de aquel trajinado día fueron dos jóvenes oficiales de IMPOL, quienes haciendo honor al deber institucional, arriesgaron su integridad para salvarme; privilegio que me permite ahora narrarles esta crónica, que no es más que el mismo drama que padecen miles de padres de familia que hoy no pueden salir a la calle en busca de Dios, debido a que esta honrosa y popular profesión se ha convertido en uno de los blanco más preferidos de la delincuencia, al punto de inundar con sus estragos todas las páginas de sucesos: unas veces con saldos lamentables y otras afortunadas como en mi caso particular. Y de continuar así las incidencias, el digno oficio de taxista quedará sólo para supermanes o para aquellos que aman el peligro, como el agalludo personaje de Cool M´Cool.

Mil gracias, IMPOL. Dios los bendiga.

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